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Sábado, Ian McEwan
Inrockuptibles, noviembre de 2005

Un día en la vida

Para dar cuenta del tiempo en que se vive hace falta hacer lo que hizo Ian McEwan con Sábado, que es lo mismo que hizo Arno Schmidt con El corazón de piedra. Arno Schmidt es el prototipo del escritor de vanguardia, que si algo le pide a su tiempo es que haga poco ruido para que él pueda seguir leyendo y escribiendo. Un buen día dijo que la novela que estaba escribiendo daría cuenta de su tiempo, porque todo escritor debe, en algún momento de su vida, escribir una novela que retrate la época que está viviendo. Viniendo de Arno Schmidt sonaba como si hoy Antoni Tapies anunciara que abandona la pintura para dedicarse a la brocha gorda. Finalmente apareció El corazón de piedra. Una novela del año 1954. Y enseguida todos descubrieron la trampa. El modo que había encontrado Arno Schmidt para dar cuenta de su tiempo consistía en nombrar productos, uno tras otro, en todo momento. Un batería de productos: detergentes, lavarropas, heladeras, jabones, autos... Una novela del año 1954... Lo mismo hace McEwan con Sábado, del que Michiko Kakutani dijo en el New York Times que consigue mostrarnos "cómo vivimos hoy". Michiko se tragó el sapo entero, literalmente. Lo que hace McEwan es cambiar lavarropas por Saddam, heladeras por 11 de septiembre, y así sucesivamente. No puedo entender cómo alguien que vive en el presente puede desear leer algo que le cuente el mismo presente. Entendería que ansiara leer algo acerca del futuro, incluso acerca del pasado, ¿pero el presente? Lo más interesante de la novela de McEwan tiene lugar, justamente, cuando se olvida de recordarnos cómo vivimos hoy. Ya sabemos cómo vivimos hoy. Lo que no sabemos son otras cosas.

De modo que aplicarle a Sábado los privilegios de ser una novela actual queda fuera de dudas, pero al mismo tiempo resulta intrascendente. La novela vale por otras razones.

En Amor perdurable Ian McEwan hablaba de alguien que después de ser testigo de un accidente aéreo se volvía sin culpa alguna objeto de persecución de un desequilibrado. En Sábado el esquema se repite, aquí también la acción está contenida en veinticuatro horas, un sábado cualquiera en la vida del protagonista. Esta vez es un neurocirujano londinense que antes del alba se alarma viendo a través de la ventana de su cuarto un avión en llamas surcando el cielo de la ciudad. A lo largo del día, él también, como el arquitecto de Amor perdurable, verá a un loco aparecer por su casa armado. En ambos casos un individuo tranquilo y que ha tenido éxito en la vida ve cómo su vida sufre un vuelco inexorable. En ambos casos los protagonistas se preguntan: "¿qué hice yo para merecer esto?"

Henry Perowne tiene una familia envidiable. Monógamo vocacional, sigue enamorado de Rosalind, su esposa, a la que conoció veinticinco años atrás, cuando fue su paciente. Tiene un hijo simpático y talentoso (adepto al blues) y una hija adorada que tiene pasión por la literatura y de la que sigue sus consejos para llenar los baches que dejaron su formación exclusivamente tecnológica. En el día en cuestión, que al estilo de La señora Dalloway seguimos con puntillosidad, Henry se prepara para el retorno de Daisy después de seis meses de estudio en París: hará una sopa de pescado, su especialidad. La reunión familiar estará completa con la visita del suegro, el célebre poeta John Grammaticus. Inmerso en su vida, que consiste en salvarle la vida a mucha gente desconocida, Henry, inquietado por la visión del avión en llamas que vio en plena noche de insomnio (seguirá sin descanso los noticieros, sabiendo que se trata de un avión de carga ruso cuyos pilotos, arrestados en un primer momento bajo sospecha de terrorismo, son liberados), Henry ignora, o mejor dicho trata de ignorar, a la multitud que protesta por la guerra inminente en Irak. Para él, que sólo le pide a la vida jugar su partido habitual de squash, el cortejo es sólo un impedimento que lo obliga a tener que hacer un recorrido anómalo, como consecuencia del cual un viejo BMW en el que viajan tres hombres choca contra su Mercedes flamante. Los daños no son relevantes, pero aprovechando las calles desiertas los tres hombres golpean a Henry (interrumpen su labor y huyen cuando Henry tiene la lucidez de diagnosticarle a uno de ellos, un tal Baxter, el mal incurable del que sufre). Le bastó, con su ojo clínico, notar la contracción de los párpados de Baxter y el control escaso de su musculatura. Esto sucede en el escaso segundo que media entre un golpe y otro, mediante un proceso mental al que McEwan dedica algunas páginas y que es el método característico que emplea en este libro. Con igual meticulosidad, aunque no se pueda descubrir con qué fin, se describe el partido de squash (la escena tiene reminiscencias de Two much, de Donald Weslake, y de Una mujer difícil, de Irving) entre Henry y su anestesista.

Seguramente Ian McEwan también juega al squash, ya que al final del libro no tiene nadie a quien agradecerle la provisión de detalles, como sí tiene a quien agradecerle por la información brindada acerca de las operaciones de cerebro que aparecen al comienzo de la novela. Después del partido de squash llega la no menos puntillosa preparación de una sopa de pescado horrible. Llega la noche, y dos de los tres manifestantes de antes, manipulando cuchillos, toman a la familia como rehén, dando lugar a una escena que parece sacada de La naranja mecánica. Baxter le rompe la nariz al suegro de Henry, luego obligan a Daisy a desnudarse —ahí tiene lugar un toque maestro: en ese momento sus padres descubren que está embarazada de cuatro meses.

Llegados a ese punto McEwan empieza a usar artillería pesada. En vez violar a la Daisy inerme, a lo mejor enternecido por su embarazo, el psicópata la obliga a leerle una poesía. Pero la astuta Daysi, en vez de leerle una de su autoría (como la que acaba de leerle a su abuelo), recita "Dover Beach", de Matthew Arnold, lo que conmueve hasta tal punto al agresor que le pide al neurocirujano que lo ilustre sobre los últimos descubrimientos para la cura del mal que lo aqueja. Mientras Baxter sigue a Henry al piso de arriba, su cómplice, vaya uno a saber por qué, escapa, y padre e hijo se alían contra Baxter, haciéndolo rodar por las escaleras. El malviviente se rompe la cabeza —literalmente. La familia se lame las heridas (el peligro fue superado gracias al autocontrol y la solidaridad demostrada por todos, lo que ha reforzado los vínculos, si es que estaban debilitados). No hace falta mucha imaginación para descubrir a quién se le confiará la operación, antes de que las veinticuatro horas concluyan, la difícil operación del cráneo fracturado del desafortunado delincuente.

Proponerse hablarle a los contemporáneos de manera explícita es la garantía de la derrota. Las malas novelas están indefectiblemente escritas así. Hay que ser McEwan para escribir una mala novela que al mismo tiempo sea buena. Es decir escribir una novela sobre cómo se vive hoy que se vuelve interesante en los momentos en que el novelista le gana al cronista y muestra cómo se piensa hoy, cómo se siente hoy, cómo se ve hoy, cómo se engaña hoy.